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Relato: Ama y esclavo



Relato: Ama y esclavo

Cuando regresé de Francia, tras casi tres años en un colegio
para señoritas, aprendiendo modales y saber estar en sociedad, volvía
ilusionadísima. Cierto que lo había pasado bien esos tres años, con muchachas de
mi edad, en un ambiente distinto al que conocía, muy refinado, pero echaba de
menos mi hogar, ardía en deseos de regresar a casa, a la enorme plantación, a
mis padres, a mis esclavos. Cuando abandoné la isla para mi periplo educacional
creí morir al tener que verme privada de mis dos mascotas, Nico y Nica, dos
hermanos que mis padres me regalaron cuando cumplí diez años. En la plantación
costaba mucho de ver a gente de mi edad y condición si no era por una visita o
por una fiesta, por lo que mi infancia y parte de mi adolescencia la había
compartido plenamente con mis dos esclavos.


En la travesía de regreso, cruzando el inmenso océano, los
días se me habían hecho largos esperando el reencuentro con mis raíces. Amaba mi
tierra, quería a mi padre, pero adoraba a mi madre, siempre había querido
parecerme a ella y en el momento de mi regreso, con 18 años, ya era toda una
mujer.


Sé que no está bien que lo diga yo, pero la imagen que me
devolvía el espejo me gustaba: estaba alta, bien formada, bien proporcionada,
las redondeces voluptuosas, los pechos firmes, el culo alto, el cabello cobrizo
largo y sedoso y además llevaba en uno de los baúles, amén de vestidos y
zapatos, infinidad de productos que causaban sensación en París y que servían
para embellecer a las muchachas bonitas.


Realmente tenía muchas ganas de ver y de que me vieran. Me
acordaba con intensidad de Nico, mi esclavo. Durante el último año antes de
partir había tenido mis primeros escarceos sexuales con su increíble miembro.
Era un auténtico mástil.


Nico era tímido y apocado, era en esencia un ser bueno, al
que creo que llegué a provocar que me odiara por mi actitud despótica y posesiva
y por el trato que di a su hermana Nica, a quien él tanto quería.


La relación que había mantenido con mis esclavos en mi
reciente pasado había sido muy extraña, una relación intensa, contradictoria,
llena de amor y desamor.


Por Nico sentí una poderosa atracción sexual. Era un negro
bello y además era mío. Por el simple motivo de que era de mi propiedad podía
poseer su cuerpo, yo era su ama y me bastaba con ordenárselo, pero yo quería que
me deseara, quería seducirlo. Sé del cierto que Nico estaba enamorado de mí, era
fácil porque además yo le provocaba puesto que me gustaba el jueguecito ‘ama
seduce esclavo’ y me excitaba jugar con sus sentimientos.


El último año de mi relación con Nico y por ende también con
su hermana, había sido de lo más tempestuoso. Tras mi estancia europea yo había
cambiado y había de reconocer que no había sido muy justa en el trato que les
di. Ahora tendría ocasión de ver si realmente había cambiado y sentía verdadera
inquietud por ver cómo se iba a desarrollar de nuevo la relación.



Cuando desembarqué, un mediodía, caluroso como siempre en la
isla, vi que Jonás me esperaba con la calesa. Al viejo negro pareció que el
rostro se le partía en dos cuando me vio llegar. Su enorme boca se alargó para
que emergiera su franca sonrisa y dejara al descubierto una hilera desigual de
escasos dientes.



"Señorita Patricia, señorita Patricia, qué felicidad tenerla
de nuevo aquí. Y qué guapa está señorita Patricia, si parece una auténtica
señorita, señorita Patricia" me dijo el viejo esclavo visiblemente alborozado.


Yo le dediqué una de mis mejores sonrisas y le acaricié la
cabeza que mantenía inclinada en señal de respeto. Luego le indiqué dónde debía
ir a recoger mi equipaje y me instalé en la calesa.



El camino hacia la plantación fue un cúmulo de sensaciones,
del recuerdo de paisajes, de los olores, de los ruidos de los pájaros. Aquella
tierra era tan inmensamente rica, no solo por los recursos que el trabajo de los
esclavos convertía en riqueza para sus amos sino por la exhuberancia de su
paisaje, de su fauna, por el color de su luz, por el mar siempre presente hasta
en las zonas de interior, por el calor... era tan diferente de la vieja y fría
Francia. En la isla todo era vital, todo invitaba a gozar. Hice el camino
ensimismada, llenandome los sentidos de las sensaciones que me proporcionaban
mis recuerdos reencontrados. Ni el traquetreo de la calesa ni el permanente
soniquete de la inacabable e ininteligible cháchara de Jonás podían sacarme de
mi reconfortante sensación de volver a mi mundo, a mi tierra, a mis gentes.



Cuando entramos en el camino que atravesaba los primeros
campos de trabajo de la plantación vi docenas de cuerpos negros como el ébano,
sudorosos y encorvados sobre la tierra que se erguían un momento para saludar mi
llegada con el sombrero de paja en la mano y protegiéndose del sol con la otra
para poder ver la elegante calesa que traía de nuevo a casa a la hija de los
amos.


A la mayoría no los conocía, primero porque con quien tenía
yo relación era con los esclavos domésticos y segundo porque, de conocer a
alguno, en tres años de trabajo esclavo, que era el tiempo de mi ausencia,
envejecían lo que una vida de ocio y complacencia tardaba veinte en dejar su
huella. Además seguro que mi padre habría tenido que comprar nuevas recuas de
bozales traídos del otro lado del Atlántico para suplir las seguras bajas que el
trabajo de sol a sol, la escasa alimentación y el furor del látigo causaba entre
la población esclava destinada a arrancar la riqueza de la tierra para
entregársela a sus amos. Pero así y todo, ellos, los pobres esclavos, sabían que
en aquella lujosa calesa, cómodamente instalada, protegida del tórrido sol del
mediodía, viajaba la hija del amo, y me saludaban con alegría, como si
asistieran a un acontecimiento que los privilegiaba. Aunque sabía que apenas
podrían distinguir mi rostro bajo la sombrilla protectora les dediqué una
sonrisa, más llena de conmiseración que de afecto.



Distinguí la imponente edificación que conformaba el núcleo
principal de la vivienda. Una lujosa casa de tres plantas, con una entrada
principal bajo columnata y cinco escalones de acceso, con un increíble porche
que casi rodeaba la edificación, destacaba sobre la serie de barracones,
chamizos, cobertizos, casitas de barro y demás construcciones que la rodeaban y
que estaban dedicadas a albergar a los cientos de esclavos que eran propiedad de
mi familia.


Mis ojos se llenaron de lágrimas cuando todas esas imágenes
se fueron acercando y reavivaron el recuerdo que siempre había permanecido vivo
durante los tres años de lejana ausencia que ahora se me antojaban más duros de
lo que habían sido.


La calesa entró con estrépito en el inmenso atrio que formaba
como una plaza delante de la casa grande, así llamábamos a la mansión que
habitábamos mis padres y yo junto con una serie de esclavos, mayoritariamente
hembras y crías, que conformaban el servicio doméstico mínimo destinado a hacer
que nuestra vida fuese todo lo cómoda y placentera que podía ser gozando de los
privilegios de ser blancos y ser dueños de vidas y hacienda.


Distinguí en el porche la elegante figura de mi madre
recostada en su hamaca preferida, una especie de tumbona de mimbre en la que
pasaba horas y horas de lento, agradable e indolente transcurrir sin hacer otra
cosa que deleitarse viendo la perezosa actividad de las esclavas faenando en los
aledaños de la casa. A su lado una figura que siempre estaba al lado de la
hamaca cuando descansaba en ella mi madre, la aventadora, una esclava que la
abanicaba constantemente para ahuyentar el terco calor tropical. Una segunda
figura, institucionalizada en el recuerdo que tenía de mamá, y que a diferencia
de la primera que permanecía erguida ésta se hallaba postrada, era la de la
esclava que hacía de perro de compañía, una esclava que estaba siempre tendida
en el suelo a sus pies. En la isla no había perros, era una curiosidad para los
que venían del viejo mundo la inexistencia de canes, pero para los ricos
propietarios plantadores ello no suponía ningún problema. Que una señora, o una
señorita, tenía el capricho de tener una mascota, un animal de compañía, pues se
cogía a una de las innumerables crías de esclava que correteaban por la heredad,
se le ponía un collar, se le ataba una correa y se le hacía ir permentemente a
cuatro patas. El que corría esta suerte sabía que tendría que trabajar bien
poco, que siempre caería alguna sobra al suelo, entre los pies del ama o el amo,
y que, salvo que tuviera en esos momentos que utilizar su lengua para
refrescarle los pies, podría gozar de un goloso bocado extra que cumplimentaría
su precaria alimentación. No pude distinguir el rostro del negro o la negra que
dormitaba en el suelo a los pies de mamá pues como si de un auténtico perro se
tratara descansaba su negra cabecita entre los brazos cruzados.


Papá no estaba, seguro que debía estar haciendo cuentas,
sobre a cuanto ascendía a esa hora canicular la fortuna de la familia,
contabilizando tantas o cuantas cabezas de negro nuevas, aquellas que la
reproducción natural de la especie nos proporcionaba para que nuevos esclavos
pasaran a engrosar nuestro patrimonio.


La calesa se detuvo y una oleada de pequeños mamones corrió a
mi encuentro. Tuve dificil avanzar sin pisar a alguno de ellos, apartándolos con
la sombrilla que ya había cerrado y con la inestimable ayuda de Jonás que iba
pateando culos para hacerme paso entre los gritos de alegría y alguno de dolor
de los niños que me rodeaban. Mamá debió despertar de su letargo por la
algarabía del recibimiento que me estaban dispensando los más pequeños. Cuando
conseguí subir los cinco peldaños y entrar en el porche el rostro de mamá se
iluminó de repente. Se levantó con agilidad a pesar de que en esos tres años
había acumulado algunos kilos que antes no estaban. El grito de su esclava
cuando le pisó los dedos de la mano al levantarse apenas se oyó ante las
exclamaciones de alegría tanto mías como de mamá por el ansiado reencuentro.
Mamá se echó un poco para atrás sin soltarme las manos para verme mejor. Ella
estaba guapísima, su figura algo más voluminosa, seguía destilando una clase y
una categoría que ni en todo París había conseguido ver. Su cabello rubio le
caía con voluptuosidad sobre la espalda y los hombros y su sedosidad y brillo
daban a entender que su doncella se debía haber pasado horas y horas a diario
cepillándolo y cuidándolo. Sus manos blancas seguían teniendo movimientos
armoniosos y suaves y sus uñas estaban tan exquisitamente cuidadas que verlas
simplemente ya provocaba gozo. Nos besamos y nos estrechamos, como sólo una
madre y una hija pueden hacerlo después de tres años de separación. Unas
emotivas lágrimas rodaron por sus mejillas. Yo me sumé a la emoción y por un
instante parecía que el tiempo se hubiera detenido en el momento de mi marcha
con la diferencia que las lágrimas de aquel día eran amargas y las de ahora
tenían el sabor dulce de la felicidad y la dicha, del reencuentro largo tiempo
esperado.


Mamá me hizo sentar de lado en su hamaca, junto a ella. La
pequeña mascota que yacía en el suelo se escondió bajo la estructura de mimbre
huyendo escarmentada de una posible nueva pisada pues ahora eran cuatro los pies
que la podían amenazar y los míos iban calzados con unos elegantes escarpines
que tenían un tacón capaz de atravesar carne, hueso, cartílagos y tejido
muscular si la pobre muchachita tenía la desgracia de dejar su mano en mi
camino.


Pasamos mucho rato diciéndonos tonterías, no sabíamos qué
preguntarnos, la emoción del momento no nos permitía que los pensamientos
discurriesen con fluidez.



"Y papá? – pregunté – por dónde anda?" Mamá hizo un gesto
medio de fastidio medio de condescendencia. "A que está consultando los libros
de cuentas – dije."


"No creo, más bien debe estar persiguiendo a alguna de las
negras, ya sabes cómo son los hombres y tu padre cuanto más mayor se hace más
necesidad tiene de aliviarse... lo único bueno es que me incrementa el
patrimonio – se rió mamá de su mercantil punto de vista de la situación."



Era normal que en una plantación llena de apetecibles
hembras, los hombres salieran a buscar en los chamizos lo que las respetables
esposas no les daban en su lecho. No era algo que papá le contara, del estilo,
‘perdona querida, ahora vuelvo, voy a ver si agarro unas buenas tetas y me
alivio en la boca de alguna de las esclavas’, desde luego no iba así el asunto,
pero todos sabían que cuando desaparecía era porque iba a vaciar su depósito en
el culo, en el coño o en la boca de alguna de las jóvenes esclavas.


A mamá ya le estaba bien. Las aventuras de papá se lo dejaban
sosegado y de ésta manera luego no era necesario mantener el ritual de
apareamiento que cada vez la repugnaba más. Mamá ya tenía a su domesticada
esclava, la misma que la aventaba, a la que con paciencia y con algún que otro
castigo había enseñado a extraerle placer con la lengua de su coño y de su ano.


Pero esto no sólo ocurría en nuestra casa, que va... ocurría
en la mayoría de matrimonios de ricos hacendados. Para la esposa era en cierto
modo un alivio saber que el marido tenía los instintos satisfechos y así evitaba
tener que ser ella la que calmara sus pasiones. Y para el esposo era perfecto,
se limitaba a cumplir con la blanca esposa para la reproducción de la casta y
luego a cambiar de gallina cada noche, o cada día, o cada tarde. Mientras la
pura esposa iba envejeciendo o engordando y encima era siempre la misma, las
negras iban cambiando y era cuestión de buscar entre las más jóvenes,
exhuberantes, lascivas y provocativas. Además para las esclavas tener, ni que
fuese por un tiempo, el favor del amo significaba que conseguirían, mientras
durase el idilio sexual, tener una serie de privilegios que de otro modo no
tendrían, como mejor y más comida y lo que más buscaban, menos látigo. El
problema de esas negras venía cuando el amo ya no las buscaba. El temor no
provenía del amo, no, en absoluto, el miedo lo provocaba el ama, que si bien
aceptaba de grado que el marido fuese a hacer sus guarradas con las negras por
otro lado, por aquello del espíritu de contradicción de las mujeres, no dejaba
de molestarla que un ser inferior, como el caso de las esclavas, la sustituyeran
y menos aún que las esclavas fueran pavoneándose por ahí de satisfacer al amo en
algo que el ama no quería hacer.


Las esposas de los propietarios de esclavos pueden ser muy
crueles. Recuerdo una vez que una mañana me desperté, de eso hace unos cuatros
años, por los gritos que llegaban a mi habitación. Me asomé a la ventana y vi a
una joven y bonita negra colgada de las muñecas en una estructura instalada en
el centro del atrio. Teodora, la esclava que se encarga de las disciplinas,
estaba sajándole los pezones con un cuchillo. Cómo chillaba la pobre esclava
mientras Teodora le hacía las anatomías lentamente. Más adelante supe que esa
negra era la favorita de papá, de hecho le dio una camada de dos mulatos a los
que no pudo amamantar porque le faltaban los pezones, y que la muy estúpida se
había llegado a creer que era alguien o algo por calentarle la cama al amo y
cometió la insensatez de mostrarse irrespetuosa con mamá, y eso mamá no lo
toleró. Papá no dijo ni una palabra cuando vio el cuerpo obscenamente expuesto
de la negra, colgada en mitad del patio, inconsciente y sin pezones. A esa negra
no volvió a utilizarla nunca más y además le había dejado un regalo en el útero.



Mamá estaba que no cabía de gozo por tenerme otra vez a su
lado, no hacía más que preguntarme cosas, acariciarme el cabello, mirarme con
fijeza, besarme en las mejillas y sonreirse constantemente.



"Pero, Jesús, si debes tener unas ganas horribles de
bañarte... ¡Rápido – se puso en pie y volvió a enganchar bajo la suela de su
sandalia los dedos de su esclava mascota que viendo que nos estábamos quietas se
había relajado y confiado – que suban agua a los aposentos de la señorita
Patricia para llenar su bañera – ordenó a una de las ociosas esclavas que miraba
con curiosidad y medio escondida tras la cortina de la puerta del salón que
tenía salida al porche."



Yo también me puse de pie, la verdad es que necesitaba un
baño. En ese momento oí pasos atropellados que venían del interior del salón.
Eran Nico y Nica, mis esclavos personales, que venían a mi encuentro.


Los vi avanzar hacia mí y me costó reconocerlos. Eran ellos
desde luego, pero habían crecido y se habían desarrollado, ahora debían tener
los diecisiete años cumplidos Nico y dieciséis su hermana. Nico era tan alto
como yo y tenía un cuerpo divino, más estilizado y fuerte de cómo lo recordaba.
Sólo vestía un faldellín de tela blanca que contrastaba con la inmensa negritud
de su piel. Tenía un rostro más bonito del que recordaba y sus ojos también
parecían más grandes. Nica era un poco más bajita pero había puesto pecho, y
mucho, coquetamente recogido con una vistosa tela que le enrollaba el busto y le
dejaba el vientre al descubierto. También tenía un rostro bello aunque no tanto
como el de Nico y su expresión era dulce, muy dulce. A pesar de estar ambos poco
alimentados mostraban un cuerpo bonito, delgado pero lindo.


Al verlos sentí una alegría inmensa y a punto estuve de abrir
los brazos para abrazarlos pero me contuve cuando vi que llegando a dos pasos de
distancia se arrodillaron y se postraron a mis pies.


El tiempo parecía haberse detenido. Recordé el día de mi
partida. En ese mismo lugar, antes de montar a la calesa, Nico y Nica se
despidieron del mismo modo que ahora me recibían, postrados a mis pies.


Pobrecillos – pensé – aún deben recordarme tal y como era
antes de marchar, es como si el tiempo no hubiese pasado para ellos. No saben
que he cambiado, que he madurado, que ya no soy aquella altiva y despótica
joven. ¿No lo era? ¿Estaba segura de que había cambiado? En ese momento sí lo
estaba, pero cuando has probado el sabor del poder estás envenenada para
siempre.


Me agaché y acaricié sus cabezas, sus bucles rizados,
brillante azabache.



"¡Nico... mírame, soy yo... Patricia... tú ama...! ¡Nica...,
míradme los dos – les dije agarrándolos con ambas manos por la barbilla."



Me encontré con sus miradas. Qué ilusión me hizo, volver a
tenerlos, mis esclavos, mis fieles esclavos, mis juguetes. En los ojos de Nico
vi brillar unas lagrimillas que estaban a punto de brotar. Me emocioné. Nica
seguía tan dulce como siempre, intentó besarme la mano con que le sostenía el
mentón. Pobrecilla, con lo mal que se lo había hecho pasar, y seguía siéndome
fiel.


Me levanté, ellos continuaron postrados. Miré a mamá, que
había adoptado una expresión entre de sorpresa y de reprobación por la
efusividad que había mostrado con mis esclavos. Me senté, ahora en la tumbona
que una esclava había dispuesto junto a la de mamá.



"Venid aquí – les dije sin rastro de autoritarismo en la
voz." Nica fue la primera en obedecer. Nico la siguió. Se quedaron de rodillas.
Tenía sus rostros frente a mi regazo. Ahora sí me miraban, bueno, a hurtadillas,
furtivamente, pero me miraban.


Yo me sentía cambiada, mi estancia en la civilizada Europa
por fuerza tenía que haber influido en mi forma de ver las cosas, o eso creía
yo. Ellos me debían recordar como era antes e imagino que quedó en su memoria el
recuerdo de aquella muchacha caprichosa con la que no sabían a qué atenerse.


Por unos momentos no dije nada. Recordé, recordé cómo era
nuestra relación antes de mi partida.




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Siempre había tenido un carácter muy variable, mi humor
cambiaba de manera imprevisible y si bien para mí eran como mis colegas de
juegos era impensable que me sustrajese de mi posición respecto a ellos, de mi
condición de dueña de sus destinos, de sus vidas. Igual podíamos estar los tres
corriendo por cualquier rincón de la enorme hacienda, escondiéndonos,
buscándonos, trepando, saltando, nadando... cualquier cosa, cualquier juego...
como inseparables amigos, pero luego regresábamos a la casa grande y ellos eran
de nuevo mis esclavos. Al principio les costaba mucho aceptar esa dualidad en mi
manera de actuar, en ese comportamiento esquizofrénico que a mí incluso me
satisfacía. Y no tenía que esforzarme nada en adoptar el rol de ama tras haber
pasado horas en el rol de amiga, nada, es más, me divertía. Jugaba con ellos de
igual a igual, sin tapujos, sin protocolos, de hecho yo era buena en muchas
artes y disciplinas y no necesitaba de mi autoridad para ganarles. Además
hubiera sido muy aburrido jugar a perseguir lagartos teniendo ellos que dejarse
ganar por respeto a su ama, les ganaba porque era mejor. Pero cuando terminaba
el juego yo volvía a ser el ama, sin dudas, sin titubeos. Si tenía que castigar
a cualquiera de ellos no tenía empacho en hacerlo, sin embargo ellos no acababan
de entender que la misma persona con la que habían estado jugando a saltar o a
correr en franca camaradería fuese la misma que ordenase que les dieran cinco
latigazos por vete tú a saber qué tontería. Y había de reconocer que era muy
quisquillosa, muy mirada, consentida y caprichosa. Cuando les ordenaba algo lo
quería al instante y bien hecho.


A medida que me iba haciendo mayor los ratos de jugar se
fueron reduciendo hasta que con trece años yo ya me sentía una señorita y no
estaba bien que estuviera correteando por los bosques con un par de negros más
pequeños que yo. Además, fruto de mi sana alimentación y de que era uno y dos
años mayor que Nico y Nica respectivamente, mi cuerpo se desarrolló más que los
suyos y esa circunstancia influyó para que me viese aún más mayor.


A partir de ese momento mi relación con Nico y Nica fue
permanentemente la propia de cualquier ama con sus esclavos, uno que manda y los
otros que obedecen.


Eso quería decir que mis pobres esclavos ya no tenían el
problema de la dualidad de roles, pero apareció otro: mi carácter. A medida que
iba entrando en la adolescencia me iba volviendo más inestable, más
imprevisible, más errática en mi comportamiento, en mis decisiones. Lo que hoy
me parecía bien dos horas después me parecía mal, lo que ayer me disgustaba al
día siguiente me entusiasmaba, quizás no fuese tan exagerado como ahora lo
planteo pero ciertamente por ahí iban los tiros. Mi humor era caprichoso e
inconstante. Podía estar charlando con Nica una hora mientras me peinaba como si
se tratase de mi amiga y confidente y por la tarde cruzarle la cara con mi
látigo de montar por haberse dirigido a mí sin pedir permiso.


Desde que comenzó mi despertar sexual, tenía casi quince
años, fui más tolerante con Nico que con su hermana. Nico me gustaba, mejor
dicho, me relamía pensando en su elegante miembro. A él le turbaba cuando hacía
referencias a su pene o a su probable destreza con él, se sentía incómodo y a mí
me gustaba ponerlo en apuros, me divertía verlo azorado ante una insinuación
mía. En cambio mi trato hacia Nica era, cómo diría, más malicioso y le toleraba
menos los errores y las faltas. Sabía del cierto que aquella discriminación
incomodaba a Nico y humillaba a Nica. Era más que probable que me comportara así
por celos o por despecho, puesto que Nico, que era muy prudente, no se dejaba
tentar por mis insinuaciones y no tomaba nunca la iniciativa, sólo obedecía y a
mí me molestaba que no intentara él seducirme a mí y como sabía que el quería y
protegía a su hermana me vengaba tratándola a ella con desdén, con arrogancia,
humillándola y castigándola por nimiedades.


En esa época yo era así. Una misma falta según la cometiera
él o la cometiera ella tenía por mi parte una respuesta diferente. Lo cierto es
que con mi actitud frívola y cambiante había logrado desestabilizar
emocionalmente a mis dos esclavos, no sabían bien a qué atenerse y he de
reconocer que aquella situación los mantenía permanentemente en tensión. A Nica,
como ya he dicho antes, le cambiaba cada dos por tres las reglas de relación,
igual le permitía un trato familiar, que yo misma alentaba, que al rato la reñía
o incluso la castigaba por ello y la hacía comportarse según estrictas normas
protocolarias que yo misma le imponía y que olvidaba al poco tiempo. A lo mejor
pasaba varios días de buen humor en que hablaba, charlaba y me reía con ella,
llegando a dejar que se sentara a mi lado para que me enseñara a coser o dejando
que se probara mis vestidos, cosa que la ilusionaba una barbaridad. Cuando le
dejaba que se probase algún vestido que yo consideraba viejo a Nica se le
llenaban los ojos de una indescriptible emoción, la veía temblar excitada, se le
iluminaba el rostro de una manera que me divertía. A veces incluso, si me sentía
generosa, le regalaba alguno de esos vestidos viejos para que se lo pusiera si
la llevaba de acompañante a la ciudad o en los días de feriado en los que
permitíamos a los esclavos que lucieran sus mejores galas. Pero fruto de mi
inconstante carácter pasados esos días de bonanza y condescendencia con mi
esclava se apoderaban de mí agrios humores y todo lo que había sido cordialidad,
ternura y afecto se convertía en desdén, altivez y antipatía. No es que no la
dejara sentarse a mi lado, es que la quería ver postrada a mis pies.



Con Nico mi relación era más amable que con Nica. Le permitía
que me tratara con mayor cercanía. Si Nica me hacía de doncella, de esclava para
todo, Nico se ocupaba de mi yegua, de tener en orden y a punto todos los enseres
que utilizaba normalmente y a diario, la silla de montar limpia, los arreos y
los estribos ajustados, la fusta bien engrasada, las botas relucientes y las
espuelas niqueladas. También se encargaba de mantener a punto mi escopeta de
caza y perfectamente engrasado el látigo de cola de buey que me regalaron por mi
catorce aniversario, látigo que guardaba colgado en una de las paredes de mi
habitación, colgado, omnipresente, amenazador.


Cuando algún miembro de la familia consideraba que un esclavo
o esclava merecía unos latigazos no nos molestábamos en aplicárselos nosotros
mismos, para eso teníamos a Teodora, una mulata, seguro que era hija natural de
papá, que se había ganado la confianza de mamá y que ejercía de disciplinadora,
pero yo quería tener un látigo para mí sola, para mí era como un símbolo, como
lo eran las botas, que demostraba mi poder.


Nico también se ocupaba de cualquier trabajo pesado
relacionado con mi confort y mi comodidad, como abastecer de maderos el fuego
del hogar de mi habitación, o de subir montones de baldes con agua caliente con
que llenar la bañera cuando me apetecía darme un baño.


Cuidaba a su hermana, la protegía con mimo y ternura y yo,
que comenzaba a sentir deseos de hacer mío su pene y sobre todo su alma pues su
cuerpo ya me pertenecía, miraba con desagrado esa protección continua que le
dispensaba. Por ese motivo, en ocasiones, creo que me sentía impelida a
comportarme cruelmente con Nica.


Un día que había castigado a Nica por cualquier nimiedad a
permanecer de rodillas durante varias horas con los brazos en cruz y sosteniendo
mis botas en sus manos, una bota en cada una de las manos, castigo que la había
dejado exhausta, observé que Nico me miraba con odio por haber castigado tan
cruelmente a su hermana por una futilidad. Entonces decidí darme un baño. El
agua de la bañera había que transportarla en pesadas jofainas desde la cocina
donde la calentaban hasta el primer piso donde estaban mis aposentos, y esa era
tarea que Nico llevaba a cabo. Cuando vi a Nico partir veloz a cumplir mis
deseos le mandé detenerse.



"No quiero que vayas tú a por el agua, que vaya tu hermana –
casi le grité desde el sofá del salón desde el que había presenciado el tormento
de Nica – a ti quiero tenerte a mi lado." Era una manera de vengarme de su
insolencia. Era como una advertencia, como queriendo decirle que si se sometía,
que si estaba por mí como yo quería podría ser más benévola con su hermana.


Pude ver la ira y la impotencia en sus ojos. Regresó y se
arrodilló a mi vera, como diciéndome que lo tenía a su lado porque no le quedaba
más remedio que obedecer, pero que no lo hacía de buen grado. Me enfurecí con
él. Despechada le mandé que me trajera las botas que su hermana había estado
aguantando en el aire las dos últimas horas y que había dejado en el suelo
cuando le mandé ir a llenar la bañera. Nico las cogió y vino otra vez. Esta vez
no se arrodilló, se quedó de pie con mis botas en las manos. Semejante
insolencia a cualquier otro esclavo le habría costado que mandara que le
cortaran al menos una oreja, pero a Nico quería domarlo a mi manera. "Qué haces
de pie de delante de tu ama. Arrodíllate y cálzame las botas – le ordené." No me
di cuenta pero me rechinaban los dientes. Nico se arrodilló y me calzó. Yo no
hice nada por colaborar pero él se las arregló para calzarme y volvió a mirarme
con su desafiante mirada. Levantó el rostro mientras me acomodaba las botas y me
miró con esa insolencia que ya había detectado antes. "No tienes el privilegio
de mirar a tu ama a los ojos, así que humilla la mirada... dirige tu mirada a
mis botas, esclavo" le dije experimentando un gran placer en humillarlo. Parecía
que Nico iba a persistir en su insolencia y yo estaba a punto de abofetearlo
pero en ese momento se escucharon los pesados pasos de Nica cargando con la
primera y pesada jofaina llena de agua caliente. Miré un momento hacia la
esclava y al regresar la vista a Nico vi que estaba con la cabeza gacha, su
mirada puesta en mis botas. Entonces decidí poner la puntilla y doblegar a Nico
mediante la humillación. Esperé a que los pasos de Nica se alejaran y con voz
melosa le dije: "No te parece que hoy has descuidado una de tus obligaciones
diarias?" dejé la pregunta en el aire. Nico estaba devanándose los sesos para
intentar dilucidar cual de sus obligaciones había desatendido. "Parece que mis
botas no brillan como sabes que a mí me gusta... – hice otra pausa para
regodearme en su tribulación, pues mis botas brillaban como siempre, es decir,
parecían talmente metal bruñido – ...a qué esperas para abrillantármelas." Nico
parecía desconcertado. Me las había limpiado nada más levantarse como hacía a
diario y después, tras mi diario paseo a caballo las había vuelto a lustrar, por
lo que estaban relucientes. Además no tenía consigo los útiles de limpiabotas
que estaban en mis habitaciones, así que lo vi removerse inquieto. Cuando me
pareció que iba a pedirme permiso para ir a buscar el betún y los cepillos
intervine: "Venga, no tengo todo el día, comienza a limpiármelas... usa tu
lengua de esclavo pero empieza ya, me estoy impacientando... ese carácter
orgulloso e insolente no es el que debe mostrar un esclavo con su ama... venga,
saca la lengua y a limpiar."


Nico se inclinó y lo tuve lamiéndome las botas mientras la
pobre Nica estuvo haciendo al menos cinco viajes cargando agua para mi bañera.



Estuve un par de días mostrándome dura con Nico al tiempo que
suavicé un poco mi persecución de Nica; el arte de saber compensar.


Dos días después Nico seguía mostrándose esquivo aunque muy
sumiso y extremadamente respetuoso, intentando evitar por todos los medios las
familiaridades que comencé a prodigarle de nuevo. Por la tarde del segundo día y
mientras tenía a Nica acariciándome los pies y soplándome las plantas para
refrescármelos, mandé a Nico que se acercara. Nico se había quedado en un rincón
de la habitación, sentado, cepillándome el par de escarpines que su hermana me
había descalzado para refrescarme los pies. Yo estaba medio desnuda. Hacía mucho
calor y ta solo llevaba las enaguas y una blusa desabrochada que dejaba
prácticamente mis pechos al descubierto. A mis catorce años tenía un cuerpo
perfecto y sabía que por fuerza había de desearme. Yo al menos deseaba a Nico,
pero aún era muy joven. Evidentemente, de haber tenido unos años más le hubiera
ordenado que me penetrara y punto, pero yo no tenía muy claro qué quería y qué
debía hacer. Nico dejó mis zapatos bien alineados en el suelo, de hecho hacía ya
rato que los estaba cepillando y nada más iba a conseguir aunque se estuviera
todo el día dándole al cepillo. Se acercó con temor y se quedó a mi lado. Ya
seguía medio recostada en mi sillón, las piernas estiradas y los pies que Nica
me refrescaba apoyados sobre un escabel. Me abrí un poco más la blusa para que
mis pechos se ofrecieran claramente a su vista. Su faldellín de algodón rojo
quedó practicamente a la altura de mi cara. Quise adivinar un ligero bulto en su
entrepierna. Le miré a la cara para ver su reacción, pero su rostro no mostraba
emoción alguna y eso que estaba segura de que se moría de ganas por abrazarme,
por besarme, por tocarme las tetas, por tomarme. "Quítate el sayo, hace mucho
calor – le ordené." "Estoy bien, ama, no tengo calor y no es necesario que me
quede desnudo." "Es necesario, soy tu ama y te ordeno que te desnudes – le dije
con tono autoritario." Nico, con manos temblorosas y sin mirarme se desanudó el
faldellín y dejó que la tela cayera al suelo. Me giré unos pocos grados más para
contemplar el espectáculo, porque era todo un espectáculo. A mi vista apareció
su enorme salchica negra, no muy gruesa pero sí larga, con las venas marcadas a
su alrededor, el glande al descubierto consecuencia de la circuncisión que se
hacía a todos los esclavos para evitar suciedades. Levanté mi blanca mano hacia
su polla. Iba a hacer lo que hacía ya semanas o meses que en mi mente planeaba
pero no me atrevía a hacer. Rodeé su tallo de carne y noté tal calidez y textura
que a través de mi mano me llegaron al cerebro una sucesión rápida de impulsos
placenteros. Qué contraste el blanco lechoso de mi mano con la oscuridad de su
piel. Noté con suma claridad su estremecimiento y eso me dio placer. Noté cómo
reaccionaba con pequeños impulsos, pequeños espasmos a la calidez de mi mano. No
tardó mucho en crecer, en poco tiempo no me cabía. Moví los dedos lentamente,
frotando su piel suavemente. Nica, que seguía arrodillada, dejó de soplarme en
las plantas de los pies. Sin mirarla le di un golpecito con los dedos de uno de
los pies en los labios, para que no se distrajera de su obligación. Al momento
volví a sentir en mis plantas el aire insuflado por sus pulmones. Sujeté con
firmeza la polla de Nico y lo atraje hacia mí, me lo acerqué. Nico estaba
temblando pero se dejó guiar. Acerqué mi cara ladeándola un poco más y me llevé
el negro y brillante capullo a los labios. "Nico... Nico... qué cosita tan buena
y tan dulce tienes para tu amita... no tengas miedo, no tengas miedo, la amita
no va a hacerte daño, déjate llevar..." Acabé la frase a duras penas porque me
había metido toda la cabeza de su pene en la boca. La sorbí y le pasé la lengua
y mis labios corrieron dulcemente por encima y por debajo. Yo estaba en la
gloria. Noté que Nico gemía y se agitaba. "Aguanta Nico, no quiero que dejes ir
tu semilla, si lo haces me enfadaré... – le amenacé apartando ligeramente los
labios de su tranca, titlándolo con la lengua. Nico se crispó, estaba
aguantándose. Mi amenaza la tomó muy en serio porque añadí que si me desobedecía
lo pagaría su hermana. Fue determinante. Nico hizo un esfuerzo enorme y aguantó
mis embestidas.


"Venga... vuelve al rincón y sigue limpiandome los zapatos –
le dije empujándolo cuando consideré suficiente mi atrevimiento y lo vi al borde
del desquicio."


Nico, estoy convencida, esa tarde se la machacó por algún
rincón. Lo había llevado al borde del orgasmo y no le había dejado disfrutar de
su explosión. Y yo había experimentado un gozo divino.



Durante los dos siguientes días la escena se repitió. Yo en
el sillón, medio desnuda, las piernas extendidas y los pies sobre el escabel,
Nica arrodillada soplando para refrescarme las plantas y Nico de pie a mi lado
con su miembro entre mis manos y mis labios, aguantando sin correrse.


Al tercer día me decidí a dejarle acabar. La escena era la
misma salvo que esta vez cuando noté que su excitación subía no me detuve, me
saqué su esbelto pene de la boca y sosteniéndolo con las manos seguí
acariciándolo, suavemente. El rostro de Nico comenzó a transfigurarse. Yo no
conocía muy bien qué ocurría en estos casos pero tenía cierta idea. Le miré a la
cara sin dejar de amasarle el miembro que lo notaba caliente, palpitante y terso
en mis manos hasta que un chorro de esperma salió disparado. Por suerte no lo
tenía apuntando en mi dirección y la espesa lechada, tras describir una figura
parecida a un tirabuzón en el aire fue a caer al suelo, cerca de donde estaba
Nica.


Nico tenía los ojos cerrados, como avergonzado, pero la
distensión de su rostro daba clara medida del placer que había obtenido. Yo me
sentía dichosa.



"Te ha gustado, Nico?" le pregunté al tiempo que dejaba su
pene que iba perdiendo turgencia por momentos. "Sí, ama... mucho." Su voz sonó
débil.


Con la mano manchada por el semen que me había salpicado
aparté a Nico para que se hiciera a un lado. "Nica, deja mis pies y acércate" le
ordené. La esclava se desplazó sobre sus rodillas sorteando la espesa mancha del
suelo.


"Abre la boca" le dije al tiempo que le acercaba los dedos de
mi mano manchados. La cara de asco que puso Nica me hizo lanzar una carcajada.


"Chupa, tonta, no pasa nada, son fluidos de tu hermano, todo
queda en familia" le dije sin poder evitar una carcajada viendo su reticencia.


Mientras Nica me limpiaba los dedos me abrí de piernas. "Ven
aquí, Nico... ahora te toca a ti. Sácame las enaguas y ponte de rodillas entre
mis piernas."


Con movimientos torpes consiguió finalmente cumplir mis
órdenes y se arrodilló nervioso.


"Dáme placer... no me mires con esa cara de tonto, ya debes
saber qué tienes que hacer... con la lengua, bobo... y tú, Nica... mientras
tanto limpia la mancha que ha dejado tu hermano en el suelo."



Fue la primera vez que llegaba al orgasmo sin ayuda de mis
manos. He de reconocer, como supe después, que Nico era más habil con la polla
que con la lengua y que Nica se reveló una perfecta lamedora. Más adelante la
incluí en nuestras relaciones sexuales y Nica era capaz de arrancarme con su
lengua tantos orgasmos como Nico con su perfecto pene. Esa primera vez no estuvo
mal, acabé con las manos crispadas en su ensortijado pelo aplastándole la cara
contra mi pubis mientras gritaba de placer y encadenaba varios orgásmos seguidos
que me dejaron extenuada. Nico terminó con el rostro brillante, bañado por la
incesante producción de flujos de mi conchita desbocada.



Así comenzó una relación que duraría hasta el día de mi
partida hacia Europa. Ese día fue el principio, pero yo quería más. Entre otras
cosas, por el desconocimiento que tenía sobre el tema, me sentía un poco
insegura. No podía ir a ver a mi madre para que me explicara cómo funcionaba eso
del sexo, pero tuve una idea. Sabía que papá dedicaba muchas horas al día a
satisfacer sus necesidades sexuales con las jóvenes negras de la plantación. Ni
corta ni perezosa me dispuse a espiarle.


Lo primero que tenía que hacer era conocer la rutina sexual
de papá. Para ello mandé que me trajeran a Lucas, el esclavo personal de papá
que conocía todo lo que yo quería saber.


Aún recuerdo el rostro desencajado de Lucas cuando me dijo
"con todos los respetos, amita, no puedo revelarle lo que me pide, el amo me
haría despellejar vivo si se enteraba que he estado contado sus vicios" me dijo
implorándome que le dejara irse, de rodillas a mis pies. "Tu mismo, Lucas, si no
me dices lo que quiero saber le diré esta noche a papá que has intentado
propasarte conmigo, que me espiabas mientras me bañaba y que incluso te has
abalanzado sobre mi cuerpo desnudo." El negro pareció dudar, pero hizo un último
intento de resistir.


"Perdone señorita Patricia, pero el amo me conoce y estoy
seguro de que no la creera..." Esbocé una sonrisa maligna "Crees que creerá
antes a un esclavo que a su adorada hijita? Está bien, esta noche lo sabremos,
puedes irte..."


Lucas había demudado el rostro, a pesar del color oscuro de
su piel parecía haber palidecido. "He dicho que ya puedes marcharte, esta noche
además tendré que añadir que no obedeces mi órdenes..." Me estaba divirtiendo de
lo lindo. Lucas seguía de rodillas, carraspeaba nerviosamente, como dudando en
retirarse o soltarme todo lo que yo quería saber. Evidentemente cedió y habló.
Me contó cuanto quería saber. Esa misma noche me tomé una pequeña venganza. En
el fondo Lucas había cometido dos faltas, en primera instancia me había
desobedecido y desafiado y finalmente había traicionado la lealtad hacia su
dueño, así que pensé que merecía ser castigado. Durante la cena le conté a mi
padre que su esclavo personal del que se sentía tan orgulloso me había faltado
al respeto y a la obediencia que cualquier esclavo debía a sus amos cuando esa
misma tarde le había ordenado un mandado y había alegado que no era su esclavo
para negarse. La reacción de papá fue fulminante. Lucas se quedó pasmado al oír
mis acusaciones, pero aún se turbó más cuando vio la expresión de ira de su amo.
"Vete al cobertizo ahora mismo, le dices a Teodora que venga y tú te quedas allí
a esperarla que regrese." Lucas comenzó a balbucear palabras ininteligibles pero
papá no le dejó seguir, dio un potente puñetazo sobre la mesa y le gritó
"¡¡¡Fuera de mi vista, ya has oído lo que quiero que hagas!!!" Lucas dejó el
plato que iba a servirle a su amo y se marchó con las lágrimas arrasadas por las
lágrimas de ira e impotencia que seguramente le embargaban en aquel momento.
Debía sentirse ultrajado, pero lo peor había sido que su amo no había dudado ni
un momento que era culpable, dándome a mí todo el crédito, algo de lo que yo
estaba segura que así sería.


Llegó Teodora al cabo de un rato y entonces decidí interceder
por el pobre Lucas. "Papi, no seas muy duro con él, quizás me he pasado a la
hora de describir su falta y no haya sido tan desconsiderado e insolente como
puede parecer, lo que pasa es que estaba rabiosa..." Papá me miró como objeto de
adoración como hacía siempre que dibujaba un mohín en mis labios para captar su
ternura hacia mí. "Está bien... como tú sabes cómo ha sido su falta pon tú el
castigo, será lo más justo." Tuve que meditar poco, no se trataba más que de
darle una lección al esclavo de mi padre de que conmigo no se podía jugar. "Está
bien, cinco latigazos, y dile que el castigo lo he decidido yo, que papá tenía
pensado arrancarle la piel de la espalda a tiras" le dije a Teodora.


Desde ese día Lucas me miraba con auténtico miedo, sabía que
conmigo no se jugaba.


Con la información que el bueno de Lucas me había dado
conseguí mi objetivo. Una tarde me las arreglé para ir con Nico de espionaje. Me
hice calzar mis botas altas y mandé a Nico que preparase mi yegua. Fui al paso
para que Nico pudiese seguirme hasta las cercanías de la cabaña que ya sabía
estaría mi padre solazándose con Florita, ese era el nombre de la esclava, una
Mina escultural. Desmonté utilizando la espalda de Nico para apoyarme y luego él
se encargó de esconder el jamelgo. Nos acercamos en silencio hasta la choza y
nos apostamos para mirar sin ser vistos a través de la abertura de una de las
contraventanas. No perdí detalle y acabé con la entrepierna mojada. Vi cómo papá
penetraba a Florita y cómo lo hacía por todos los agujeros posibles. Nico miraba
asombrado. Deslicé mi mano por su entrepierna y noté el enorme bulto que había
crecido. Nico se estremeció. Le miré con una sonrisa enorme en los labios y él
bajó la vista. Le amasé un rato la polla y luego retiré la mano para volver a
concentrarme en el marvilloso espectáculo que estaba presenciando. Nico estaba
pegado a mí, silenciosos ambos, y me gustaba sentir el contacto de su piel
desnuda a través de mi blusa. Le limpié con la mano la espalda, donde le había
dejado marcadas las huellas de las suelas y tacones de mis botas después de
utilizarlo de escabel para montar y desmontar del caballo. Fue un gesto
instintivo que sorprendió tanto a Nico como a mí misma. Me encantó la cara de
sorpresa del muchacho por mi gesto. Le froté la rizada cabellera negra y
acercándome a su oreja para hablar bajito le dije: "Qué pasa? Acaso tu ama no
puede querer que su esclavo vaya limpito?" y le di un beso en el lóbulo de la
oreja. Me retiré un poco y le miré con una de mis más encantadoras sonrisas. El
pobre Nico parecía estar alelado, una cosa era que lo usara sexualmente y otra
muy distinta ese gesto de ternura por mi parte.


Una hora después me reitraba sigilosamente seguida por Nico.
Ya había cumplido la primera parte de mi plan, ya sabía el qué y el cómo, pero
no podía entrar en el chamizo y decirle a mi padre que no se preocupara, que
siguiera con lo que hacía que sólo iba a tomar nota, evidentemente no podía
hacer eso, así que se me ocurrió ver de cerca una cópula, no espiando entre las
fisuras de una ventana, si no sentada cómodamente, como si de un espectáculo
teatral se tratara. "Venga Nico, vamos a visitar una de las cabañas de los
esclavos."


Regresamos donde estaba mi yegua escondida. Nico se arrodilló
de nuevo junto al flanco del caballo y le puse el pie en la espalda para montar.
Me di impulso y quedé de pie sobre la espalda de Nico. Aguardé un momento,
pensando en la fuerza que debía estar soportando al tener todo mi peso sobre la
espalda. Me resultaba agradable verme encima de él. Una vez instalada en mi
silla pude ver que le había vuelto a manchar la piel de la espalda, un cerco de
barro y pequeña hojarasca dibujaba el contorno de la huella de mis botas.
Volvimos de nuevo al paso para que Nico no tuviera que correr detrás de mi
montura. Había un buen trecho hasta otra zona de cabañas antes de llegar a los
barracones donde vivía la mayoría de esclavos. En esa zona de cabañas vivían
aquellas esclavas y esclavos que habían cosechado méritos suficientes para
ganarse el favor de mi madre que les permitía que pudieran construirse una
humilde vivienda en la que poder vivir con sus hijos, lejos de los barracones
donde se hacinaba la mayoría, lejos del látigo implacable de Teodora.


"Te has fijado bien cómo lo hacía el amo?" le pregunté desde
lo alto de mi montura. "Sí ama, me he fijado" me contestó bajando la vista como
avergonzado.


Llegamos a la zona de cabañas, había como una docena y media
de ellas diseminadas, sin excesivo concierto, ni en la disposición ni en el
orden, se notaba que habían sido construidas sin muchos medios y con el único
fin de tener un techo en el que vivir, sin importar demasiado la armonía del
conjunto. Pensé que cuando todo aquello llegara a ser mío mandaría derruir todas
esas chozas y las haría construir con un sentido más armonioso con el medio.


Me detuve delante de la primera de las chozas y le hice un
gesto a Nico que volvió a arrodillarse para que pudiera desmontar cómodamente
sobre su espalda. Até el caballo a un poste junto a la choza y cuando me giré y
vi que tenía ya a Nico a mi lado me le acerqué y con la mano volví a limpiarle
la espalda de la suciedad que yo misma le había causado. Esta vez Nico se
sonrió. Lo cogí después del mentón y me lo atraje. Le di un beso muy delicado en
la comisura de los labios y le dije "el esclavo ya vuelve a estar limpito".
Volví a esbozar una de mis mágicas sonrisas y creo que Nico tuvo problemas para
no perder el conocimiento de lo emocionado que estaba por mis delicadezas para
con él.



Entramos en la choza, la había seleccionado al azar y tuve
suerte. Había una negra cocinando, doblada sobre un puchero puesto al fuego
donde hervían unos nabos y unas hierbas. Acostumbrada como estaba al agradable y
apetitoso olor que salía de la cocina de la casa grande, el pobre aroma de aquél
puchero casi me ofendió, ¿eso comen los esclavos? pensé para mis adentros. La
esclava se giró al oír pasos en el interior de su cabaña y al verme allí se
sorprendió tanto que por poco derriba el infame puchero.



"¡¡¡Santo cielo, pero si es la señorita Patricia... señor,
qué ocurre, qué... qué...!!!" balbuceó la esclava que tras un momento de
confusión reaccionó y se dejó caer de rodillas. Avancé un par de pasos, vestía
mi traje blanco de amazona con el que resaltaba especialmente el negro brillo de
mis altas botas. Cuando salía a montar o iba por los campos o por los barracones
siempre me hacía calzar las botas, a los esclavos les impresionaba mucho ver a
sus amos bien vestidos y sobretodo bien calzados, era como un símbolo de poder
al que temían y veneraban, del mismo modo que les infundía temor el látigo o la
fusta. Le alargué la mano para que me la besara. "No tengas miedo Perpetua –
mamá les ponía a las esclavas unos nombres rarísimos – no pasa nada. Estoy aquí
porque tú me vas a ayudar." Retiré la mano de sus labios y me di una vuelta para
examinar la pobre choza. Entonces vi brillar, en la oscuridad del fondo del
chamizo, unos ojos asustados. Perpetua intervino. "Es mi hijo, señorita
Patricia, perdónelo, es muy temeroso y creo que nunca la ha visto a usted tan de
cerca... ¡José... sal de ahí y saluda a la amita Patricia... venga!"


Un mocetón algo más mayor que mi Nico emergió de las sombras.
Estaba temblando como una hoja de papel. Se desplomó sobre sus rodillas delante
de mí. Lo examiné con cuidado mientras le tendía la mano para que me la besara.


"Qué edad tiene tu hijo, Perpetua?" pregunté "catorce,
señorita Patricia" contestó y reconocí el miedo en la voz de la esclava, "bien,
levanta José, y acércate – le ordené procurando que mi voz no sonara
excesivamente autoritaria."



Nico se había quedado justo en la entrada de la cabaña, le
miré y lo vi, entre asustado y avergonzado, como si ya supiera lo que iba a
ocurrir. Acerqué mi mano a la entrepierna de José y tras bajarle ligeramente el
cazón le agarré con suavidad el pene. Por poco no se le caen los ojos al suelo
de tanto que los abrió. Sonreí y el sonrió, parecía un poco bobo. Tenía un buen
paquete. "Desnúdate, Perpetua – ordené sin mirarla y sin soltar el potente rabo
que colgaba en la entrepierna de José y que iba aumentando de tamaño."


"Pero... pero señorita, yo..." la esclava debía estar
desconcertada. "Ya me has oído, quítate la saya – ahora mi voz sí sonaba
autoritaria."


Oí como la esclava se retiraba las ropas mientras balbuceaba
temerosas e ininteligibles frases. Solté el miembro viril de José que ya estaba
totalmente erecto y me volví hacia su madre. Se acababa de quitar la saya y
estaba de pie, desnuda totalmente. Era una negra de buen ver. Nos había dado un
montón de crías y a pesar de eso seguía teniendo un gran encanto. "Cuantas crías
nos has dado?" le pregunté "trece, de las que diez aún viven, amita." Ese era el
mérito cosechado por Perpétua, el número de crías que había proporcionado a sus
amos, mamá hacía ya un par de años que la había premiado con la cabaña que ella
misma y su macho habían tenido que construir. "Y donde están ahora tu prole y tu
macho?" Perpetua estaba desnuda y quieta y su mirada denotaba cierta inquietud,
cierta angustia por lo que imagino que barruntaba. Bajó la vista cuando la miré
y me contestó: "Mi negro está en los campos trabajando y los niños están todos
haciendo tareas en el dominio o en la casa, dos de las niñas están de saloneras
– dijo distinguiendo por un momento cierto orgullo en su voz – en casa sólo está
José, al que la señora, el ama, permite que me ayude dos horas al día y coma
conmigo y el bebé que duerme en la cuna."


No había visto ningún bebé. Me giré y examiné la casa con una
mirada más atenta. Era un solo espacio así que debía estar allí si no mentía la
negra. Entonces vi, en la penumbra, lo que parecía ser una rudimentaria cuna
tallada a mano. Me acerqué y levanté la cortinilla de la ventana que había justo
al lado. La luz que penetró me permitió ver con claridad el interior de la cuna.
Un lindísimo bebé de unos pocos meses que dormía plácidamente. Me agaché y lo
miré. Era precioso. Pronto crecería y pasaría a engrosar la inmensa tropa de
servidores que teníamos y cuando fuese más mayor iría a producir riqueza
deslomándose en los campos de sol a sol. "Qué monada de niño – dije acariciando
su carita oscura y dormida – se parece a ti, Perpe."


Pasado ese momento de ternura me incorporé y miré a la madre
quieta y desnuda, no sé si estaba resignada aunque esa esclava parecía
desprender un cierto halo de dignidad que me molestaba un poco. Luego miré al
bruto de José que seguía teniendo la polla erecta desde que se la había tocado.


"Estírate en el suelo Perpetua..., y tú, idiota... – dije
mirando a José – móntala."


Ya estaba bien de preámbulos, había venido a ver cómo se
follaban a una esclava y eso es lo que iba a suceder ya que eso era lo que
quería.


"No señorita, no haga eso, es mi hijo, señorita, se lo
ruego..." me suplicó la esclava con la voz rota por la angustia. Esbocé un
fastidio y me giré de nuevo para encarar a la aturdida esclava. "Me importa un
bledo si es tu hijo o es tu hermana, he dicho que te estires, quiero ver cómo te
monta."


La esclava comenzó a lloriquear. Comencé a andar entre las
cuatro desnudas paredes del chamizo, estaba pensando. "Señorita, no me haga
hacer eso, es mi hijo, y si me preña? Si me preña saldrá un monstruo... –
lloriqueaba Perpétua" "Cállate la boca, si te preña mi madre se pondrá contenta,
otro mamón para nosotros. Escucha una cosa. Puedes callarte y obedecer mis
órdenes y después haré para que tengas tocino, judías y harina para dos meses, o
puedes seguir contrariándome, en ese caso en diez minutos vendrá Teodora y entre
tanto me pensaré si mandarle que te corte los dedos de los pies, o que te
arranque los dientes, o... déjame pensar..., sí..., mejor aún..., que te corte
los dedos de los pies y que te arranque los dientes... a ti y al penco ese que
tienes por hijo... así que tú veras."


Aún no había terminado la frase que la pobre desgraciada
estaba estirada en el suelo y abierta de piernas.


Me sonreí satisfecha y me senté en la única silla que había
en la choza. "Ven aquí, Nico, arrodíllate a mi lado, y fíjate bien, aprende."
Nico se arrodilló mansamente a mis pies y me aseguré de tener a mano su paquete.
En contra de lo que yo pensaba no manifestaba ninguna excitación. "Venga
machito... móntala" le dije a José.


El mozo no parecía tener los mismos prejuicios que su madre.
Cuando se quitó del todo el calzón vi colgar unos buenos testículos y su ariete
babeante en ristre. Se arrodilló entre las piernas de su madre y sin ningún
miramiento la embistió. Aquello duró no más de cinco minutos. El fogoso muchacho
se vació entre gemidos y estertores propios de un animal. Perpetua tenía la
mirada perdida en el vacío mientras se dejaba poseer por su propio hijo. Mi mano
estuvo metida bajo el faldellín de Nico y de tanto sobarlo acabó crecido como a
mi me gustaba.


Me giré para ver el rostro de mi esclavo y vi que su mirada
era de reprobación. No sonreía y si bien su pene parecía indicar que disfrutaba
sólo podía achacarlo a mi constante manoseo, pero a Nico le disgustaba lo que
estaba viendo. Le miré duramente pero en sus ojos seguí viendo tristeza,
reproche y censura por lo que estaba obligando hacer a la pobre Perpetua.
Aquello me provocó mucha rabia, un miserable esclavo pretendía avergonzarme,
afear mi conducta... quién era él para decirle a su dueña lo que estaba bien y
lo que no lo estaba. ¿Es que no sabía que allí, en la plantación, yo era la ley
y yo era la moral? Liberé su pene del contacto de mi mano y volví a la escena
que yo había diseñado.


José se acababa de derrumbar sobre el cuerpo de su madre,
ambos parecían agotados pero por distintos y evidentes motivos. Me levanté y
antes de irme, como para justificarme ante Perpetua y ante Nico le espeté a la
pobre esclava que yacía llorosa en el suelo: "Esta tarde tendrás los alimentos
que te he prometido, te los has ganado. Venga Nico, vámonos, me apetece cabalgar
– le dije sin mirarle."


Nico me siguió a fuera. Yo ya estaba parada junto al caballo
al que había desatado la cuerda. Estaba indignada con Nico. "A qué esperas?
Arrodíllate, negro estúpido, que no ves que tengo que montar – le grité con
acritud." Esta vez le pisé la espalda con fuerza y me entretuve con ambos pies
sobre él antes de montar. Estaba furiosa. Una vez arriba sequé la cuerda que
llevaba siempre enrollada en la silla, hice un nudo corredero en un extremo y le
arrojé a Nico el cabo que tenía la lazada mientras yo consevaba sujeto el otro
extremo. "Mete las manos dentro del lazo." Estiré la cuerda hasta que el lazo se
cerró sobre sus muñecas. Le estaba haciendo daño pero no me importó en absoluto.
Volví a tirar aún con más fuerza para asegurarme de que estaba bien atado. Mi
mirada era nerviosa, como el movimiento de mis manos. Tenía la melena agitada y
notaba que Nico me miraba con miedo. Até el extremo de la cuerda que había
conservado en mi poder al saliente delantero de la silla de montar.


"Ahora vamos a hacer un poco de ejercicio, va bien para bajar
los humos – le dije con la mirada encendida al tiempo que clavaba las espuelas
en los flancos de mi yegua. El caballo salió disparado y Nico solo pudo aguantar
cinco pasos, al sexto la cuerda ya estaba tensa y su cuerpo era arrastrado
violentamente por encima del camino. Recorrí la milla que nos separaba de la
casa grande al galope, girándome de vez en cuando para ver el cuerpo de Nico
rebotar casi inherte sobre piedras, palos, maleza y las rodaduras de las ruedas
de las calesas que marcaban el camino de tierra. Cuando detuve el caballo salté
ágilmente al suelo, demostrando que no necesitaba para nada la espalda de mi
esclavo para montar o desmontar y que si lo hacía era sólo porque me gustaba
usar a mi esclavo de escabel.


Teodora vino hacia mí corriendo. Me había visto llegar al
galope y arrastrando a Nico, algo que no había hecho nunca, así que vino para
saber si me necesitaba.


"A pasado algo señorita Patricia?" preguntó Teodora asustada.
Una vez los pies en el suelo noté que la ira a la que había sucumbido se
retiraba lentamente. Había satisfecho mi vanidad de niña mimada y comenzaba a
estar más calmada. Me acerqué a Nico y por un momento recibí un susto de muerte.
Estaba inmóvil en el suelo, ensangrentado el rostro, las piernas y el torso
desnudo, arrancado el faldellín y su culo y el pene estaban cubiertos también de
sangre. Lancé una exclamación de horror al ver lo que había hecho. Teodora se
dio cuenta y me calmó. "Tranquilícese señorita, su negro es joven y fuerte, su
estado es más aparatoso de lo que parece." Se agachó y espabiló el rostro de
Nico zarandeándolo por la barbilla. Nico abrió los ojos y yo respiré aliviada.
Mi orgullo me impedía arrojarme sobre sus heridas y lamerlas para curarle. Yo
había decidido castigar su insolencia y ahora había de ser consecuente con lo
que se espera del comportamiento de un ama. Así y todo no pude contenerme y
sollocé. "Crees que se pondrá bien?" le pregunté a Teodora que conocía
perfectamente la respuesta del cuerpo humano ya que ella se encargaba de
hacerlos sufrir y sabía cuando un cuerpo podía aguantar más o estaba al limite
de su resistencia. Lo estuvo palpando en busca de roturas evidentes y lo examinó
para determinar si la gran cantidad de sangre obedecía a la rotura de algún vaso
sanguineo escandaloso o se trataba de algo más serio. Cinco minutos después se
levantó Teodora y con una sonrisa en los labios me tranquilizó. "Váyase a
descansar señorita, déjemelo a mí. Mañana se lo devolveré como nuevo. No va a
morir de ésta, no son más que golpes y algún corte, nada irreparable."


Respiré aliviada, me sequé las lágrimas y me fui hacia la
casa. Nica, con el rostro desencajado me esperaba en el porche. Me miró con los
ojos reflejando angustia y desesperación. Había presenciado mi entrada a caballo
arrastrando a Nico y lo había visto inmóvil y ensangrentado. Yo estaba bastante
afectada, me sentía mal por aquella venganza que había tomado sobre el pobre
muchacho.


"Ama, qué ha pasado, qué le ha hecho a Nico, porqué lo ha
arrastrado con el caballo..." Nica estaba como desquiciada, fuera de sí. Nunca
me había hablado así. Aunque me sentía culpable reaccioné con orgullo, Nica no
era más que una esclava, mi esclava y por su insolencia podía mandar que la
azotaran allí mismo. Ella estaba de pie. Me paré frente a ella y la miré
fijamente. No bajó los ojos. Yo me estaba exaltando por momentos y a punto
estuve de levantar la fusta y cruzarle la cara pero en su lugar seguí andando
pasando junto a su lado. Nica se volvió y me siguió. Subió las escaleras detrás

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Relato: Ama y esclavo
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